
¿Alguna vez te has detenido a pensar que tu hogar es una pequeña iglesia y que, como padres, tienen una misión sagrada dentro de ella?
Cuando escuchamos el término "Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote", es fácil que nuestra mente viaje de inmediato a una gran catedral, al Papa o a los sacerdotes de nuestra parroquia. Sin embargo, esta fiesta de la Iglesia esconde un tesoro bellísimo y sumamente práctico para el día a día de nuestras familias.
Hoy queremos descubrir cómo el sacerdocio de Jesús no es algo lejano, sino el motor que puede transformar las dinámicas de tu hogar.
En la antigüedad, el sacerdote era el encargado de tender un puente entre Dios y los hombres a través de ofrendas y sacrificios. Pero Jesús llevó esto a un nivel revolucionario: Él no ofreció cosas externas, se ofreció a sí mismo por amor.
Él es el "Sumo" (el máximo) y "Eterno" Sacerdote porque su sacrificio en la Cruz no caduca; se actualiza en cada Eucaristía y su intercesión por nosotros ante el Padre es constante. Él nos entiende, conoce nuestras debilidades humanas porque las vivió, y nos acompaña.
Aquí viene lo hermoso para nosotros como familias: por el bautismo, todos los católicos participamos del "sacerdocio común de los fieles". Esto no significa que podamos consagrar el pan y el vino (eso le corresponde al sacerdocio ministerial de los presbíteros), sino que estamos llamados a hacer de nuestra vida diaria una ofrenda a Dios.
San Juan Pablo II llamaba a la familia "Iglesia Doméstica". Si el hogar es una iglesia, significa que:
Llevar este gran misterio teológico a la mesa del comedor es más sencillo de lo que parece. Aquí te dejamos tres claves prácticas:
Jesús se ofreció por nosotros. Nosotros podemos enseñar a nuestros hijos a ofrecer su día. Al despertar, hagan una oración breve: «Señor, te ofrezco mis clases, mis juegos, mis alegrías y mis berrinches de hoy. Que todo sea para tu gloria». Así, el estudio y el juego se vuelven sagrados.
El sacerdote intercede por el perdón. En casa, los padres ejercen este ministerio cuando enseñan el valor de la reconciliación. Que los hijos vean a sus padres pedirse perdón y perdonarse mutuamente es la catequesis más poderosa sobre la misericordia de Dios.
Un sacerdote intercede por su pueblo. En la Iglesia Doméstica, rezar unidos por las necesidades de cada miembro fortalece el alma de la familia. Escuchar a un hijo rezar por el examen de su hermano, o a los padres rezar por la salud de los abuelos, es activar el sacerdocio bautismal en el hogar.
No podemos celebrar a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, sin mirar a quienes han entregado su vida entera para traernos los sacramentos: nuestros sacerdotes diocesanos y religiosos.
Aprovechemos esta fiesta para sentarnos con los hijos y conversar sobre el don de la vocación. Recemos juntos por nuestro párroco. Ellos también necesitan el sostén de nuestras oraciones para seguir siendo reflejos vivos del Buen Pastor.
Para reflexionar en familia esta semana: ¿Cómo estamos haciendo de nuestro hogar un lugar de encuentro con Dios? ¿Qué "sacrificio" de amor (un gesto de paciencia, una ayuda extra) puedo ofrecer hoy por mi familia?
Que en cada una de nuestras Casas de Iglesia se escuche siempre el eco del amor de Cristo, Aquel que se entregó por nosotros y se queda todos los días en nuestro altar y en nuestro corazón.
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